Nuevos paradigmas La extrema (útil) transparencia de Wikileaks

sábado, 1 de enero de 2011

por Lorenzo Sassoli De Bianchi (*)


El caso Wikileaks nos recuerda que el mundo está viviendo una verdadera revolución con algunas características inéditas: es global, viaja a altísima velocidad y no ocurre en las calles con barricadas y gases lacrimógenos. Esta insurrección tiene lugar en nuestras mentes: está cambiando la naturaleza de nuestra sociedad, está transformando la política, la economía, el trabajo, nuestra vida privada. Es la tercera revolución de la comunicación y del conocimiento en la historia humana. Después de la invención de la imprenta (Gutenberg 1453) que recuerdo vehiculó, entre otras cosas, la Reforma protestante y el Iluminismo; después de la invención de la radio (Marconi 1896), al final del siglo pasado nació la Web, la aldea global profetizada por McLuhan. Desde ese momento, el conocimiento se volvió, más que nunca, terreno de confrontación para Estados, Naciones e individuos. La importancia de Wikileaks no reside en la revelación del último secreto, sino en la tecnología que la hizo posible, la cual demuestra ser un arma potentísima para develar mentiras oficiales y defender derechos humanos.
Hay que admitirlo: ingresamos a la era de la participación: hay una generación que se crió online y quiere descubrir y conocer el mundo por su cuenta confrontándose con quienes comparten este interés.
Es una situación totalmente nueva con reglas todavía por escribir. Si nuestras organizaciones políticas, económicas, sociales y culturales no se adaptarán, inevitablemente sucumbirán. Esto porque la sociedad de la información lleva a un conocimiento siempre mayor y quien tiene acceso a informaciones relevantes va a desafiar todo tipo de autoridad. Es un cambio radical de poder. “Power to the people”, cantaba John Lennon: el poder es cada vez más de la gente: el gran proyecto socialista, el sueno de transferir el poder al pueblo no lo están realizando los discípulos del comunismo, sino los “nativos digitales”, los chicos criados con la Red.
La consecuencia de todo eso es la creciente necesidad de transparencia. El estúpido, sumiso y humilde ciudadano murió: los electores desafían a los políticos, los empleados desafían a los dirigentes, los estudiantes a los profesores y a los legisladores, los pacientes desafían a los médicos, los hijos a los padres, los consumidores a las empresas, las mujeres desafían a los hombres.  El mundo digital pone al desnudo a los reyes: Obama se vuelve transparente, la ONU se vuelve transparente, los poderes de cada Estado y gobierno se vuelven transparentes. “Es el asalto a los Palacios de Invierno, que asusta a los falsos tronos donde se sientan, muchas veces, falsos reyes”, así escribe, con gran lucidez, Barbara Spinelli. Si eso es cierto, en lugar de demonizar a Wikileaks y a los editores que publican los dossiers es mejor que quien se ocupa de la cosa pública asuma que el deber de la transparencia es hoy el imperativo categórico y que todo lo que se diga y haga en nombre de la democracia es, in primis, de publico interés. Y es igualmente evidente que estrictamente relacionada con la transparencia está la responsabilidad. Responsabilidad de aquellos a quienes elegimos para gobernarnos los cuales se muestran bastante molestos si lo que dicen y hacen se transparenta a quienes los eligieron. La nueva democracia, guste o no, se cumplirá solo cuando todos sepan lo que realmente piensa y hace quien nos gobierna: vamos a ser libres solo cuando los gobiernos dejen de ocultar las cosas a sus propios ciudadanos, es decir, a los que se supone deberían servir.
Wikileaks está bajo ataque en todas partes del mundo, su sitio Web esta luchando para permanecer online. Assange será abandonado a su destino, pero se está tratando de matar al mensajero para no enfrentarse con el mensaje. Podemos debatir sobre Wikileaks cuanto querramos pero, al final, importa poco, porque la revolución silenciosa en acto perturbará inevitablemente el mito del secreto en las instituciones. El viento ha cambiado: sólo los barqueros parecen no darse cuenta.

(*) Tomado del Corriere della Sera, 18-12-2010. Traducción para este blog de Mariangela Di Bello 

Presentación.

jueves, 18 de noviembre de 2010

 

Facultad de Ciencias Sociales y Politicas de la Universidad Autonoma de Baja California 
(Sede Mexicali)
Jueves 18 de noviembre a las 16y30 Horas
Participan: Dr. Luis Enrique Concepcion, Dr. Manuel Ortiz, Dr. Carlos Moreira.

Izquierda. Por qué todavía se puede diferenciar de la derecha

domingo, 14 de noviembre de 2010

por Michele Salvati (*)

“Derecha e izquierda: ¡qué aburrimiento! ¿Todavía se habla de eso? ¿Todavía no se entendió que, si estos conceptos hace un tiempo tenían sentido, hoy ya no es así? ¿Qué hoy los políticos, más allá de la retórica de los programas, hacen más o menos lo mismo? ¿Y que hasta las retoricas se han acercado tanto que difícilmente se las puede diferenciar? ¿Cameron y Fini son de derecha? ¿Blair y Schroder eran de izquierda?” Así explotarían hoy muchos de aquellos que, ayer, jugaron su experiencia política sobre la existencia y el contraste entre derecha e izquierda.
Me motivo en un libro recién publicado por Il Mulino – Franco Cazzola, Qualcosa di sinistra. Miti e realtà delle sinistre al governo – para exponer tres convicciones maduradas hace tiempo.
A) La primera es que, en el plano de los principios, derecha e izquierda definen dos posiciones políticas – dos visiones de la sociedad deseable – no sólo diferentes, sino netamente contrastantes. También hoy, no menos que ayer. 
B) La segunda convicción es que en el plano de las políticas concretas – de lo que los partidos políticos de derecha e izquierda hacen cuando están al gobierno, o incluso declaran que harían cuando están a la oposición – hoy no es posible una distinción igualmente clara y entonces los ciudadanos que se muestran aburridos o irritados cuando escuchan hablar de derecha e izquierda tienen buenas razones por estarlo.
C) Ilustraré más adelante la tercera convicción. Ella se ha formado tratando de contestar a esa pregunta: ¿si la diferencia entre derecha e izquierda es tan neta en el plano de los principios, por qué no se la encuentra en el plano de las prácticas reales de los partidos? ¿Por qué los partidos de izquierda no hacen o por lo menos dicen “algo de izquierda”?
Buena parte del ensayo de Cazzola atañe el punto b) y trata de las políticas implementadas por los partidos de izquierda en trece Países europeos desde la posguerra hasta hoy: ¿fueron diferentes a las de las derechas? Dicho de otra manera: en el plano de las decisiones de gobierno, ¿un partido de izquierda hace realmente la diferencia? Ahora, debiendo relacionar los programas con los principios, las acciones de gobierno con los partidos que pertenecen a las dos diferentes familias políticas, un desarrollo del punto a) resulta inevitable y de hecho el autor lo aborda en el primes capítulo. Para los propósitos que pretende conseguir pueden ser suficientes los pocos flashes que él saca de la inmensa literatura sobre el problema. Pero para mostrar que los principios que diferencian derecha e izquierda cambiaron poco desde cuando fueron forjados en el clima revolucionario de fines del siglo XVIII, que todavía ellos son en fuerte contraste, y que el actual parecido entre los partidos en el plano de las políticas no se debe ni a una atenuación del conflicto entre los principios, ni al agotamiento de la materia de la disputa…para demostrar todo eso hay que ir más a fondo.
Hay que empezar por aquello que, con Martinelli y Veca, llamamos Progetto 89 (Il Saggiatore, 2009) y mostrar que tal proyecto – el proyecto de la izquierda – es todavía defendible teóricamente y radical en sus propuestas de reforma: para convencerse de eso es suficiente leer el delicioso librito de Gerald A. Cohen Socialismo, perchè no?, recién publicado por Ponte alle Grazie. Promover conductas y crear instituciones que permitan a todos desarrollar libremente sus propias facultades; favorecer una real igualdad de oportunidades e ir más allá, atacando todas las ventajas/desventajas de las que no se tiene el mérito/demérito, también las debidas a causas naturales o a  fortuna; hacer todo ciudadano activo en las deliberaciones políticas de su propia comunidad a través de un incesante estímulo a la participación democrática: todos objetivos – se pueden agregar otros – que descienden de los principios de la gran revolución, de liberté, egalité, fraternité, y que hoy no han sido aproximados siquiera donde los derechos políticos y sociales son defendidos al nivel más alto, en los míticos pequeños Países de Europa del Norte. Un libro extraordinario hace poco traducido al italiano, la suma de las búsquedas de una vida del más grande economista y filósofo político contemporáneo (Amartya Sen, L’ idea di giustizia, Mondadori), ofrece una justificación moderna y sólida del más que bicentenario Proyecto 89, una formidable batería de herramientas teóricas que pueden ser utilizadas por quienes quieren terminar con desigualdades injustificadas y quieren luchar contra la injusticia. ¿No deberían ser, éstos, los partidarios de la izquierda? ¿Entonces por qué los partidos de izquierda no se oponen con coraje a desigualdades e injusticias, incluso evidentes y ofensivas? ¿Por qué parecen igualmente vacilantes y cautos como los partidos de derecha, justificando la impresión común que derecha e izquierda no hagan diferencias? ¿Qué fuerzas los retienen? 
Antes de enfrentar este problema es necesario corroborar que la asombrosa convergencia entre derecha e izquierda, no sólo en los resultados obtenidos por los gobiernos sino en las mismas propuestas de los partidos, efectivamente exista; es necesario medirla y ver sus diversos aspectos en diferentes Países y etapas históricas: es lo que Cazzola hace en la mayor parte de su ensayo. Aquí no podemos seguirlo de cerca porque el análisis es muy articulado. El largo período posbélico está dividido en tres sub-períodos (de 1946 a 1974; de 1975 a 1991; de 1992 a 2007). Para tener en cuenta influencias culturales, económicas e institucionales comunes los 13 Países están divididos en cuatro subconjuntos (las pequeñas democracias asociativas, Austria, Bélgica y Holanda; las democracias escandinavas, Dinamarca, Noruega y Suecia; las grandes democracias europeas, Francia, Reino Unido y Alemania; las nuevas democracias, España, Portugal y Grecia), a los que se añade una “vigilada especial”, Italia. Después de eso se toman en cuenta unas variables económicas que pueden ser manejadas por los gobiernos y que deberían señalar su orientación de derecha o de izquierda (ingresos y gastos de los balances públicos en relación al PBI, déficits y deuda, presión fiscal e impuesto directo e indirecto, entidad y naturaleza del gasto público). Finalmente se evalúan, como resultados, el crecimiento, la inflación y el desempleo entre los datos macroeconómicos; las huelgas como indicadores de consenso/disenso; la distribución de la riqueza y del rédito como indicador de justicia social.
¿En qué medida, para cuáles países, en qué períodos, resulta confirmada la hipótesis que…la izquierda actúa como izquierda? ¿Qué amplía las tareas del sector público, sobre todo por gastos de welfare? ¿Y qué consigue, entre los resultados, una distribución del rédito menos desigual, a lo mejor en perjuicio de una mayor inflación y mayores déficits? La confirmación es dudosa y parcial – en algunos Países, en algunos períodos, para algunos objetivos la izquierda actúa como izquierda y en otros no – pero tengo que remitir al libro para una evaluación analítica de los resultados. Aquí me limito a observar que el procedimiento adoptado por Cazzola es cualitativo y descriptivo y no permite conclusiones revisables estadísticamente. Mas una evaluación en su conjunto es sólida y la resumiría así.
Los resultados de “izquierda” en el plano de las variables macroeconómicas y distributivas consideradas dependen de tres órdenes de causas. Causas estructurales profundas, de naturaleza económica, institucional, social y cultural. Eso se ve claramente comparando los cuatro grupos de Países: al neto de todas las otras influencias, los pequeños Países nórdicos y asociativos tienen mejores resultados que los otros, y sobre todo que los Países de nueva democracia. Causas relacionadas con las grandes fases del régimen económico-político internacional: durante los treinta años de la edad del oro, desde el fin de la guerra hasta fines de los años Setenta, era fácil y redituable a nivel electoral hacer “cosas de izquierda”, y también las hacían los gobiernos conservadores, no sólo los socialdemócratas. En los treinta años sucesivos, durante el régimen neoliberal y globalizado, la situación se revirtió, y también los partidos de izquierda están obligados a hacer “cosas de derecha”: los resultados en conjunto son los maravillosamente descriptos por Andrew Glyn (Capitalismo scatenato, Brioschi editore). Y finalmente, tal vez menos importantes que las otras dos aunque influyentes en algunos momentos y para algunos Países, causas relacionadas con la ideología de los partidos al gobierno, con su ser de derecha o de izquierda. Vinculados por herencias históricas de naturaleza social, económica y cultural difícilmente modificables, por un lado, y condicionados por el régimen económico-político internacional prevalente, por el otro, los gobiernos de izquierda disponen de márgenes  de maniobra para cumplir con la propia orientación ideológica, pero “algo de izquierda” a veces logra pasar. Se trata de conclusiones adquiridas hace tiempo, mas que Cazzola ilustra con lujo de detalles.
Concluyendo. Las orientaciones ideológicas de los partidos al gobierno cuentan, pero no tanto como para derrotar la impresión difusa que se non è zuppa è pan bagnato; que, una vez en el gobierno, y cualquiera sea su orientación, los políticos hacen “más o menos” las mismas cosas y entonces que dejen de aburrirnos con la derecha y la izquierda. Es una impresión entendible pero hay que combatirla, y por dos motivos. El primero es que en el “más o menos” pueden esconderse diferencias significativas, totalmente suficientes para justificar una decisión electoral para una u otra parte: no lo pusimos en evidencia porque Cazzola se limita a indicadores de policy de naturaleza casi exclusivamente macroeconómica, en los cuales los márgenes de autonomía de cada gobierno son menores. Pero no existe sólo la macroeconomía y en las otras políticas los grandes principios, más libres de vinculaciones externas, pueden ejercer una notable influencia: bioética, laicismo, inmigración, política exterior, legislación laboral, educación, políticas de género no son temas menos significativos que las asignaciones en tema de welfare o de la relación entre gasto público y PBI. Pues, basarse principalmente sobre datos macro puede dar una impresión engañosa sobre cuanto es de derecha/de izquierda un partido o un gobierno. El segundo motivo es aún más importante: hay que hacer frente a esa impresión porque desacredita no solamente los partidos y los gobiernos, sino los mismos principios. Derecha e izquierda serían palabras vacías, mamparas ideológicas sin espesor, pretextos para ocultar un puro juego de poder por parte de políticos mezquinos y auto-interesados. No es así: aunque los políticos son muchas veces mezquinos y auto-interesados, esas palabras  resumen la entera historia de la política contemporánea europea y hay que tomarlas en serio. ¿Pero entonces por qué el contraste entre los principios no logra transformarse en una clara oposición de elecciones políticas por parte de los partidos que afirman compartirlos?
La respuesta a esta pregunta expresa mi tercera convicción, el punto c) antes mencionado: eso ocurre porque, una vez que la izquierda abandonó la gran narración socialista, y con ella el proyecto de una colectivización de los medios de producción; una vez que aceptó el mercado y la propiedad privada; una vez que decidió jugar su partido de manera reformista, dentro el capitalismo mundial, ella enfrenta una situación difícil, una tarea de Sísifo, como la represento en mi reciente ensayo (Capitalismo, mercato e democrazia, Mulino). La situación es difícil porque las herramientas de la izquierda reformista son las de la democracia, por ende del Estado nacional, el único en el que opera algo que a la democracia se parece, mientras las fuerzas que la izquierda debería controlar son las del capitalismo global. Y para controlarlas no alcanza la voluntad de una sola democracia, de un solo Estado, además – en el caso italiano – de escasa relevancia en los equilibrios geopolíticos mundiales: hasta que no se realice la utopía de una democracia cosmopolita, el control puede ser obtenido sólo a través de fatigosos acuerdos internacionales. Ciertamente, parte integrante de la política de un País debería ser la búsqueda de tales acuerdos, de una arquitectura de reglas internacionales que estén en condición de prevenir crisis desastrosas como la que estalló hace dos años. O de disminuir presiones competidoras que crean profundos malestares en las clases más débiles, en los trabajadores expuestos a la competencia internacional. Pero si estos acuerdos no se logran, si los otros Estados se oponen por razones de interés nacional, si un País se encuentra solo en la lucha, en el contexto de las reglas que hoy prevalecen, ¿cuál es la respuesta? ¿Hay una respuesta de izquierda y una de derecha al caso Pomigliano? ¿Es de “izquierda” la respuesta de la Fiom y es de “derecha” la de Ichino? Si se responde de la primera manera, la respuesta, aunque comprensible, corre el riesgo de ser dañina. Si se responde de la segunda, ¿cómo se hace para evitar la impresión que derecha e izquierda no se puedan diferenciar?        

(*) Tomado del Corriere della Sera, 24-10-2010. Traducción para este blog de Mariangela Di Bello

Los recortes (sólo italianos) a la cultura: así se reduce el desarrollo económico.

jueves, 21 de octubre de 2010

Por Severino Salvemini (*)

Tonos enardecidos entre los ministros Bondi e Tremonti. El primero no quiere otros tijeretazos y el segundo se opone sin demasiada elegancia: “No es que la gente coma cultura”.
Bien. Algunos datos para dar a conocer el marco del problema. En el año 2009 el Mibac reduce un 23% las asignaciones nacionales; así como reducen los gastos para la cultura los Ayuntamientos (-20%), las Provincias (-18%), las Regiones (-10%) (datos Federculture ).
La recesión muerde y la crisis se combate con el hacha, reduciendo un capitulo del gasto considerado efímero y poco productivo. Lástima que en este período de extravío global de  identidad, sentido y sabiduría, las artes y la cultura sean consideradas por algunas naciones hasta anti cíclicamente: Obama en el paquete anticrisis 2009 aumenta un 30% el budget anual del National Endowment for the Arts, Sarkozy acrecenta un 10% el aporte del Estado francés a la cultura, el alcalde Bloomberg lanza un plan de apoyo al sector artístico que genera un impacto adicional de otros 5,8 millones de dólares en el solo distrito de Manhattan, los lander relanzan con un +7% las inversiones culturales alemanas. ¿Quizá estas naciones no manejen la crisis? ¿Quizá se han equivocado acerca de las prioridades en su gasto público?
No, simplemente entendieron (y hace tiempo) que la cultura no es un “en caso contrario”, una partida residual respeto al desarrollo económico y que, junto a la función identitaria, es uno de los motores más potentes de la economía post-moderna. La economía donde importa siempre menos el valor de uso de los productos y siempre más el valor simbólico y evocador que ellos expresan. La economía de las empresas que hoy producen y venden antes que nada los significados culturales que los objetos y los servicios incorporan (moda, diseño, turismo, restauración, etc.). Y entendieron muy bien que toda inversión cultural redunda positivamente en la ocupación y la renta local como para ya sustituir la progresiva decadencia de producciones industriales muchas veces en la recta final. Ministro Tremonti, carmina dant panem, ciertamente.

(*) Tomado del Corriere della Sera, 10-10-2010. Traducción para este blog de Mariangela Di Bello

LA CUESTIÓN MAPUCHE: EL “SALVAVIDAS” POLÍTICO PARA LA OPOSICIÓN PIÑERISTA

jueves, 23 de septiembre de 2010

por Juan Carlos Gómez Leyton (*)
 

   Debo confesar que me provoco mucha tristeza escuchar que le gritaran a Carolina Tohá, cuando visito a los comuneros mapuche en huelga de hambre, por parte de los adherentes de la causa mapuche: "¡¡asesina, asesina!!!". Me imagino que su padre, José Tohá, exministro del Gobierno de Salvador Allende, debió "revolcarse" en su tumba. Su hija era insultada con la misma consigna que ella alguna vez, en la década de los ochenta, grito y en rostro a los asesinos de su padre. Carolina Tohá, exministra del gobierno de M. Bachelet y parlamentaria de la Concertación, sin lugar a dudas, es responsable política del mal manejo de la cuestión mapuche por parte de los gobiernos concertacionistas, pero de allí que sea una “asesina” es algo que no comparto para nada con los adherentes y simpatizantes del movimiento social mapuche, me parece un exageración. 
    Me preocupa el clima político que se ha instalado en la sociedad chilena. Pues, lo veo de la siguiente forma. Por un lado, la Concertación dejó pendiente tantas cosas, hizo tan mal otras, especialmente, desde la perspectiva de la democratización profunda que requería la sociedad chilena luego de 17 años de dictadura. Permitiendo con ello que la dominación y la hegemonía neoliberal se impusiera por doquier. Al privilegiar la Concertación la estabilidad política evito y postergó como ha sido habitual en la acción gubernamental de las fuerzas políticas centro-izquierda, la democratización como la transformación social y económica en beneficio de los sectores sociales más desprotegidos de la sociedad chilena. Su interés fue la consolidación del capitalismo neoliberal. Con ello abrió la estructura de oportunidades políticas no sólo para que la derecha política volviera al gobierno sino que "reconstruyó" al animal político que muchos necesitaban para recomponer sus fuerzas políticas y sociales tanto al interior de la Concertación como fuera de ella. Por otro lado, el autoritarismo represivo de la derecha se manifiesta de manera integral y coherente con lo que ha sido también la derecha en Chile, su total desprecio con la democracia y la manifestación política de los ciudadanos.  Se trata de un autoritarismo político selectivo, planificado y certero. Así ha quedado demostrado en la forma como han sido reprimidas las últimas movilizaciones políticas ciudadanas. Y, por cierto, en la manera como el gobierno esta abordando la cuestión mapuche.
    La Concertación responsable política directa del mal manejo de la cuestión indígena. Ahora asume una postura políticamente hipócrita e instrumental. Vergüenza política provoca la "huelga de hambre" de los diputados PS y PC, aunque este último un tanto más consecuente que los otros. Tengo la percepción que la Concertación busca reproducir artificialmente, extempore y de manera ahistórica, el "ambiente político" opositor a la dictadura de Pinochet que le permitió obtener el gobierno en 1990, con el objetivo de recuperarlo en 2014. El problema que enfrenta esta en que el “populismo” de la nueva forma de gobernar de la derecha, es más eficiente hasta el momento y se anota cada vez mejores puntos. La oposición concertacionista totalmente desconcertada ha encontrado un salvavidas, paradojalmente en la cuestión mapuche.
    La situación política de la cuestión mapuche de la cual ahora "todos somos parte", es la excusa que sirve a "moros y cristianos" para converger en contra del gobierno de la derecha, pero sin asumir el problema de fondo que se traduce en entregar: tierra, territorio y autonomía a los mapuche, tal como ha sido sostenido por la nueva movilización mapuche que no se inicio hace 63 días sino hace 20 años. El problema político de fondo se encuentra en que la sociedad chilena debe decidir a asumir la cuestión indígena en toda su dimensionalidad y profundidad política e histórica. Por lo tanto, que se termine la “huelga de hambre”, que se cambie la legislación o que no se apliquen las leyes antiterroristas, no elimina el problema político e histórico sustantivo. Frente ha ese problema los partidos de derecha como los concertacionistas no se pronuncian o prefieren desviar la atención hacia otros temas como el de la educación, de la pobreza, de la exclusión social, etcétera; que siempre terminan siendo "salvavidas" para no comprometerse con el fondo.
    Por eso sostengo que la "cuestión mapuche" le hace bien a la Concertación, a los parlamentarios comunistas y a la izquierda extraparlamentaria, fundamentalmente, porque les sirve para enfrentar al gobierno de Piñera. Pero le hace mal, pésimo, al movimiento mapuche, ya que los encuadra en la institucionalidad política estatal nacional. Pues, bastara que los comuneros en huelga de hambre la levanten para que todos se olviden de ellos. Y, todo vuelva ser normal. Por esa razón, pienso que el movimiento mapuche no debe aceptar la intromisión de aquellos que lo miraban con desden no hace mucho. Este es un movimiento social que los comuneros, los militantes y mártires de la causa mapuche lo han mantenido activo. La huelga debe ser levantada y negociada siempre y cuando las y los chilenos estén dispuestos a restituir a ellos lo que les corresponde que no es otra cosa que: tierra, territorio y autonomía con dignidad y respeto.
    Para que lo anterior sea posible se requiere que la “cuestión mapuche” sea asumida por la ciudadanía nacional toda. Pero, para desgracia de todos los que estamos con el movimiento social y político mapuche, ello no será posible por el momento. Fundamentalmente, porque la mayoría de la ciudadanía nacional estará enajenada e idiotizada en las fiestas del bicentenario y en la mediático rescate de los mineros atrapados en la mina San José. Por el momento, como ha sido históricamente, el pueblo mapuche estará solo en su lucha histórica. 

(*) Historiador chileno

Ciudad de México, septiembre 2010
 

IINTELECTUALES, BASTA DE POLITICA (*)

domingo, 25 de julio de 2010

por Alfonso Berardinelli

Aviso a los progresistas: el progreso ya se terminó. Antes de decir que algo ya está superado muérdanse la lengua, piénsenlo bien. No se avanza sin volver, más o menos, atrás. Lo nuevo no coincide con lo mejor y la línea que nos arrastra hacia el futuro está trazada por el demonio de la destrucción y del olvido. El siglo que está atrás nuestro, siglo de la tabla rasa y de la utopía, de las vanguardias y de las revoluciones, terminó en un cúmulo de escombros, en un triunfo de masacres y genocidios por bien.
Los cementerios de la Modernidad muestran cuanto puede ser aterrador creer que se tiene en el puño, conceptual y políticamente, el futuro curso de la Historia. Desde hace tiempo imaginamos no creer más en el progreso. En realidad la idea de crecimiento económico y de desarrollo tecnológico que tenemos nos recuerda todos los días que nuestra cultura está dominada por una sola cosa: la expansión ilimitada y unidireccional de nuestro poder de borrar el pasado para mejorar el presente.
El siglo XX no fue en absoluto un subseguirse de vanguardias y restauraciones (para superar con nuevas vanguardias) sino más bien una lucha de la modernidad contra el mito de sí misma, contra sus efectos y sus realizaciones. Toda revolución, de izquierda o de derecha, política o técnica, fue acompañada por utopías construidas con materiales mitológicos: la nueva humanidad, el fin de la historia, el nuevo orden, la sociedad liberal, el poder de la razón, el superhombre y el oltreuomo, la comunicación total, la vida plena y la muerte feliz, la producción ininterrumpida…De todos modos, no están superados los Presocráticos y las sabidurías esotéricas (según algunos) ni el arte socrático del diálogo (según otros). Mahoma y la Edad Media cristiana todavía hacen ruido. El Renacimiento y el Iluminismo todavía son las raíces de Occidente pero las raíces también pueden marchitar.
Entonces ¿qué hay que pensar del siglo XX? ¿Qué pensar del afán novecentista por liberarse del siglo XIX, un afán que duró un siglo? Me repito estos pensamientos y estas preguntas alentado por la lectura del imponente, apasionado volumen Modernidad y anti-modernidad (Aragno, 506 páginas) en donde mi coetáneo Cesare De Michelis reunió sus ensayos y estudios sobre el siglo XX. Leo este libro como un balance histórico y como una autobiografía intelectual en la que me reconozco ampliamente. El tono fundamental del libro es el de la insatisfacción, de la decepción. Pero son los interrogantes lo que importa sobre todo. El íncipit no deja espacio para las dudas: “Hace más de cuarenta años que el siglo XX se me escapa en su identidad, sin embargo (…) en este largo período estuve frente a personalidades de poco y mucho relieve y a cuestiones más o menos generales, siempre tratando de penetrar una identidad que me hubiera gustado poder definir (…) Pues bien, me pareció claro que todavía no se sabe lo suficiente del siglo XX: no lo sé yo (…) pero tampoco los otros, menos aún aquellos que más tuvieron la ilusión de saberlo” (p.9).
Como afirma también un título de Massimo Onofri recién reeditado por Avagliano, el siglo XX es un “siglo plural”: un siglo que según De Michelis sigue siendo “innombrable”, del cual “no se logra captar el elemento unificador”.
El choque, la compresenza de moderno y anti-moderno, “evoca precisamente esta íntima contradicción que no logramos resolver”.
Al final de los años noventa De Michelis escribió que el siglo XX es “un siglo doloroso” y que las catástrofes ocurridas ya las vemos completamente, incluso si “por decir la verdad, todo eso debería haber quedado claro por lo menos desde hace cincuenta años, pero no fue así, porque cuando cayó el nazismo quedó el comunismo, cuando llegó la paz volvió a empezar más monstruosa que antes la guerra y poco a poco fue claro para todos que después de la civilización campesina también podía morir la naturaleza” (p.25).
Mas entre ideología, literatura y política, este libro gira alrededor de un personaje decisivo: el intelectual.
El “conformismo de los intelectuales” nace, según De Michelis, cuando nace su compromiso político, cuando los intelectuales se convierten en un grupo y deciden dar el salto de la teoría a la praxis y se sacrifica todo a la “primacía de la política”. El intelectual novecentista surge superando las dos figuras que históricamente lo precedieron, el clérigo y el literato, para los cuales la falta de poder era obvia. Por eso, concluye De Michelis, el verdadero anticonformismo intelectual ya “es sin lugar a duda impolítico” y los intelectuales deberían decidirse a “salir por fin de las trincheras”.
Quien levanta las banderas de la paz y de la no-violencia, eso debería entenderlo. La lucha contra la mentira no es una lucha política, sino más bien impolítica. 

(*) A proposito de la publicacion en Italia del viaje de Cesare De Michelis por la literatura del siglo XX Modernidad y anti-modernidad: un perfil para la actualidad (Editorial Aragno).  Tomado del Corriere della Sera, 21-06-2010. Traduccion para este blog de Mariangela Di Bello

El riesgo de la inestabilidad

sábado, 19 de junio de 2010

UN ACCIDENTE EN EL CAMINO
por Angelo Panebianco (*)

En los días que precedieron a las elecciones británicas, la expectativa de un parlamento en el cual ningún partido obtendría la mayoría absoluta de los escaños se había fortalecido a causa del éxito mediático (que sin embargo no se convirtió en éxito electoral) del “tercer partido”, los Lib Dem de Nick Clegg. Diferentes políticos italianos, y también algún comentarista, creyeron sacar la “lección” según la cual el bipartidismo británico estaba agonizante. Es la costumbre italiana de usar los casos ajenos para sustentar sus tesis preferidas sobre la política di casa nostra.
Ahora que la perspectiva se cumplió, que, de hecho, ningún partido tiene la mayoría absoluta, es probable que muchos continúen sosteniendo aquella tesis. Se equivocan. Ya pasó otras veces. La última fue en el 1974 cuando se formó un gabinete laborista de minoría. Pocos meses después Gran Bretaña volvió a las elecciones, los laboristas obtuvieron la mayoría absoluta de los escaños y volvió a constituirse la normal dialéctica bipartidista. Nada deberia dejar de pensar que las cosas no se den así también esta vez.
Un fuerte éxito de Clegg, tal vez, habría desencadenado cambios pero no hubo tal éxito. También puede haber influido su europeísmo (poco grato a los británicos) pero sobre todo una motivo técnico: el sistema electoral mayoritario les hace la vida difícil a los “terceros partidos” que no dispongan de un consenso territorialmente concentrado. Los electores son llamados a dar un “voto estratégico”, a orientar su propio voto al fin de evitar que el escaño le toque al candidato del partido que más detestan. Es probable que muchos potenciales electores de Clegg al final hayan hecho exactamente lo que aquel sistema electoral invita a hacer, es decir, hayan votado a favor de uno de los dos grandes partidos por temor a desperdiciar su propio voto.
El poco brillante resultado liberal, a su vez, a menos que haya sorpresas, hace poco creíble la posibilidad de una reforma del sistema electoral en sentido proporcional (una reforma, esa sí, que decretaría el fin del bipartidismo).
El “gobierno del premier”, una particular configuración político-institucional, debida a la tradición del bipartidismo, que hace del primer ministro británico un jefe de gobierno poderosísimo, no parece a punto de ser cancelado. Contrariamente a lo que aquí [en Italia]  confunden la democracia británica con la estadounidense, en el sistema británico no hay verdaderos checks and balances, pesos y contrapesos. Si un partido obtiene la mayoría absoluta, el premier, quien también es el jefe del partido, tiene pleno control sobre el gobierno y sobre el parlamento. Si no logra gobernar (como sucedió con los laboristas en los años setenta), eso ocurre sólo porque, en algunas etapas, los problemas sociales que tiene que encarar se tornan muy difíciles de manejar. Seguramente, el premier británico no tiene que enfrentar, a nivel institucional, esos frecuentes y fuertes “poderes de veto” presentes en sistemas, aun tan distintos entre ellos, como el presidencialismo estadounidense o el parlamentarismo italiano. Tarde o temprano, con nuevas elecciones, cualquier accidente en el camino será absorbido. De ahí a que el gobierno (cualquiera sea el Ejecutivo formado) logre tambien manejar la dificilísima situación económica actual, es otra cuestión.
 
(*) Tomado del Corriere della Sera, 10-06-2010. Traducción para este blog de Mariangela Di Bello